El estrés del abeto

Todo empezó con un apagón, una noche del pasado invierno. Era domingo. Yo estaba en el Bar, con seis clientes que serían los últimos del día. Y entonces, a las seis y media, se fue la luz. El Bar quedó oscuro porque ya a esta hora comenzaba a anochecer. Subí a casa a por unas velas de té y lo llené todo de pequeñas luces, que apenas iluminaban nada, pero daban a la calle muestras de haber vida.

Cuando el grupo se fue, recogí las velas, cerré el Bar y subí a casa. La casa estaba más oscura todavía que el Bar y fría, sobre todo fría. Sin luz, no podía encender la estufa. No había mucho que pensar. Oscureciendo, sin luz, ni tele, ni ordenador y el móvil sin batería. Quité dos mantas de mi cama y me acomodé en el sofá de la sala, cubriéndome con ellas. Decidí que lo mejor era quedarse dormida. Creo que lo conseguí, hasta que no sé a qué hora, me despertó el silencio roto por el viento. Pocas veces el viento azota tan fuerte como aquella noche.

En mi posición, tumbada en el sofá, enfrente de mi vista, queda el balcón de la sala, con sus seis cristales, a través de los cuales y a poca distancia tengo la constante visión de un enorme abeto. Yo estaba en una completa oscuridad. Pero afuera tras los cristales, luchando contra las nubes que la tapaban y la descubrían había luna llena. La luna aparecía y se ocultaba y el abeto luchaba contra un viento feroz que lo azotaba fuerte y sin tregua. Su enorme silueta negra destacaba gracias al relumbre de la luna. Además del ensordecedor ruido del viento, me fue imposible sustraerme a la lucha que mantuvo el abeto durante horas por mantenerse, ya no en pie, sino digno y erguido, como es su condición habitual. El viento  hacía que sus enormes ramas se movieran como yo no las había visto nunca moverse. Era como si lo despeinara, y le descolocara la ropa, toda la dignidad del árbol, comprometida. En ningún momento dudé de que sobreviviera, por su magnitud, pero sentí lástima y compasión de él.

En la más completa oscuridad y sin más foco de atención que este árbol, con el ruidoso viento llenándolo todo, comencé a sentir algo extraño. Comencé a sentir dolor. Era el dolor del abeto. Estoy segura que nadie lo vio. Pero yo lo observé durante horas, durante todo el tiempo que duró su batalla. Toda su dignidad perdida. Las ramas, sin control, azotadas a izquierda y derecha, sin cesar, sometidas a una tensión enorme. Humillado, porque además estaba siendo observado. Sentí que sufría. Sentí su dolor y su impotencia. Durante un rato noté que algo se removía del fondo de mis recuerdos. Un recuerdo semejante que no podía concretar. Estuve un rato escarbando en mi memoria. No, eso no, no eso tampoco. Y al fin, lo encontré. Un recuerdo de mi infancia brotó por su semejanza.

Soy niña. Es invierno. Es día de matacerdo. Mis hermanos y yo asistimos entre curiosos y asustados al momento de la matanza, en casa. Han sacado al cerdo de la pocilga. El cerdo chilla e intenta escapar desesperado. Presiente algo. Presiente lo peor. Lo sabe. Tiene miedo. Grita, patalea, trata de liberarse, pero los seis hombres que lo acorralan están ahí para cumplir su misión. Sus caras y sus brazos sudorosos de camisas remangadas, la bacía de madera vuelta abajo, el agua hirviendo en enormes pucheros…. Todo indica una determinación contra la que no vencerá. Por un momento escapa. Vuelven a atraparlo. Patea, chilla, está aterrado. Y después de una eternidad de lucha y gritos desesperados, su vida ha acabado. Pocos minutos después, se ha convertido en un balde de sangre y baldes llenos de carnes malolientes troceadas.

Sentí un dolor que no me cabía…viéndole luchar por sobrevivir.

El estrés del abeto me hizo conectar con aquel recuerdo. Fui espectadora de su sufrimiento como lo fui también del del abeto. Y por un momento, un instante místico, sentí que éramos la misma cosa. Yo era el abeto y el cerdo. Su dolor era mi dolor. El dolor de la lucha por la vida.

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